Romanticismo

 La literatura romántica tuvo sus inicios en el movimiento alemán Sturm und Drang, a finales del siglo XVIII, y se extendió hasta las primeras décadas del siglo XIX. Permitió un desarrollo revolucionario de las literaturas nacionales, incorporó asuntos y géneros populares, enalteció la subjetividad, liberó a la poesía de los cánones neoclásicos y estimuló nuevos géneros narrativos como la novela gótica y la histórica. Por ejemplo:

Wilhem, ¿qué sería sin amor el mundo para nuestro corazón? Una linterna mágica sin luz. Apenas pones la lamparilla aparecen sobre tu blanca pared imágenes de todos los colores. Y aun cuando no fueran más que eso, fantasmas pasajeros, constituyen nuestra felicidad si los contemplamos como niños pequeños y nos extasiamos ante esas maravillosas apariciones.

Goethe, Las desventuras del joven Werther

Algunos de sus autores y obras más importantes son:

  • Johann Wolfgang von Goethe, Las desventuras del joven Werther
  • Novalis, Los Cantos espirituales
  • Lord Byron, Don Juan
  • John Keats, Oda sobre una urna griega
  • Víctor Hugo, Los miserables
  • Alejandro Dumas, El conde de Montecristo
  • José de Espronceda, El estudiante de Salamanca
  • Gustavo Adolfo Bécquer, Rimas y leyendas
  • Jorge Isaac, María
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Neoclasicismo

 La expresión estética del Iluminismo se conoce como neoclasicismo, y se desarrolló en el siglo XVIII como reacción a la estética del barroco. Proponía el regreso a la razón y el rechazo de la emotividad y el efectismo. Predominaron de los géneros críticos y narrativos, y la elegancia del discurso. El género preferido fue el ensayo, pero también se desarrollaron las novelas de aventuras, didácticas y sentimentales; las fábulas, y el teatro, siempre con un propósito edificante. Por ello, la literatura neoclásica centró su interés en el conflicto entre el deber y el honor con las pasiones. Así las cosas, la poesía no fue su género más destacado.

Despertad, mi querido Bolingbroke; dejad todas las pequeñeces a la baja ambición y al orgullo de los potentados. Pues que todo lo que podemos sacar de esta vida se reduce a ver claro al rededor de nosotros mismos, para luego morir. Recorramos al menos libremente esta escena del hombre —¡asombroso laberinto!, pero que tiene su cierta regularidad... Ea, venid conmigo, exploremos este vasto campo, y ora sea raso, ora montuoso, veamos lo que en él hay.

Alexander Pope, poema filosófico Ensayo sobre el hombre

Entre algunos de los autores y obras más destacados en lo que a literatura se refiere, podemos mencionar a los siguientes:

  • Daniel Defoe, Robinson Crusoe
  • Jonathan Swift, Los viajes de Gulliver
  • Alexander Pope, Ensayo sobre el hombre, poema filosófico
  • Jean-Jacques Rousseau, Emilio De la educación
  • Voltaire, Cándido El optimismo
  • Jean de la Fontaine, Fábulas
  • Goldoni, La locandiera
  • Montesquieu, El espíritu de las leyes
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Literatura Barroca

 La literatura barroca se desarrolló a partir del la segunda mitad del siglo XVI hasta la primera mitad del siglo XVIII aproximadamente, lo que incluye a la mayor parte del Siglo de Oro español. Desechó la mirada confiante del humanismo y dio paso a una perspectiva más desencantada de la vida. Procuró la belleza discursiva mediante la exuberancia formal y el cuidado del detalle.

En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Sor Juana Inés de la Cruz, En perseguirme, Mundo, ¿qué interesas?

Amén de los escritores del Siglo de Oro español como Góngora, Lope de la Vega o Quevedo, otros autores representativos del barroco, son:

  • Jean Racine, Fedra
  • John Milton, El paraíso perdido
  • Sor Juana Inés de la Cruz, Divino narciso
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Siglo de oro español

 El Siglo de Oro es el nombre que se le da al período de florecimiento literario de España, que toma impulso en 1492 tras la publicación de la Gramática castellana, de Antonio de Nebrija, y decae a mediados del siglo XVII. Es decir, nace a finales del Renacimiento, y alcanza su plena madurez en la primera mitad del barroco. Fue durante el Siglo de Oro que Miguel de Cervantes escribió El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que representa la última novela de caballería y la primera novela moderna.

Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamentos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha

Durante el barroco, el Siglo de Oro dio lugar a dos corrientes en España: el conceptismo y el culteranismo (o gongorismo, en alusión a Luis de Góngora, su máximo exponente). El culteranismo dio mayor importancia a las formas, y usó exacerbadamente figuras retóricas y referencias literarias. El conceptismo tuvo especial cuidado en exponer conceptos por medio del ingenio literario.

Entre sus más importantes autores y obras podemos mencionar:

  • Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha
  • Francisco de Quevedo, Historia de la vida del Buscón
  • Tirso de Molina, El burlador de Sevilla
  • Lope de Vega. Fuenteovejuna
  • Luis de Góngora. Fábula de Polifemo y Galatea
  • Pedro Calderón de la Barca, La vida es sueño
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Humanismo renacentista

En la literatura del Renacimiento, desarrollada entre mediados del siglo XIV y hasta mediados del siglo XVI, dominó el humanismo antropocéntrico, cuyos antecedentes se remontan a la Baja Edad Media, impulsora del humanismo cristiano. El humanismo del Renacimiento fijó su atención en el ser humano, exaltó el libre albedrío y recuperó el estudio de los clásicos grecolatinos. Este cambio de perspectiva transformó la literatura y dio espacio a la creación de nuevos géneros literarios como el ensayo. Por ejemplo:

Así, lector, sabe que yo mismo soy el contenido de mi libro, lo cual no es razón para que emplees tu vagar en un asunto tan frívolo y tan baladí. Adiós, pues.

Michael de Montaigne: "Al lector", Ensayos

Entre los autores más conocidos del Renacimiento, podemos mencionar los siguientes:

  • Erasmo de Roterdam, Elogio de la locura
  • Tomás Moro, Utopía
  • Michel de la Montaigne, Ensayos
  • Ludovico Ariosto, Orlando furioso
  • François Rabelais, Gargantúa y Pantagruel
  • Luis de Camoens, Los lusíadas
  • William Shakespeare, Romeo y Julieta
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Literatura medieval

 La literatura de la Edad Media se desarrolló entre el siglo X y el siglo XIV aproximadamente. Estuvo dominada por el pensamiento religioso, el ideal caballeresco, el honor y el amor cortés. Abraza una gran diversidad de expresiones y tendencias. Se desarrollaron ampliamente la prosa, el mester de clerecía, la poesía trovadoresca, el cuento, la novela caballeresca, la novela sentimental, los autos sacramentales y el teatro prehumanista, entre otros géneros. Por ejemplo:

Como dice Aristóteles -y es cosa verdadera-,
el hombre por dos cosas trabaja: la primera,
por tener mantenencia; y la otra cosa era
por poderse juntar con hembra placentera.

Arcipreste de Hita, Libro del buen amor

Entre las obras más importantes podemos mencionar:

  • El cantar del Mío Cid , anónimo
  • Juan Ruiz, arcipreste de de Hita, Libro del buen amor
  • El Cantar de Roldán, anónimo
  • Cantar de los nibelungos, anónimo
  • Geoffrey Chaucer: Cuentos de Canterbury
  • Dante Alighieri: La divina comedia
  • Francisco Petrarca: Cancionero
  • Giovanni Boccaccio: Decamerón
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Literatura Clásica

 Por literatura clásica se hace referencia a la literatura griega y romana de la llamada Antigüedad Clásica, es decir, a la literatura grecolatina que se desarrolla desde el siglo X a.C. hasta el siglo III d.C aproximadamente. La literatura griega se caracterizó por los relatos de héroes mitológicos y hazañas humanas, y por el desarrollo de géneros como la poesía épica, la poesía lírica y el teatro (tragedia y comedia). Algunos de sus más importantes autores y obras fueron:

  • Homero: La Ilíada
  • Safo: Oda a Afrodita
  • Píndaro: Odas olímpicas
  • Sófocles: Edipo Rey
  • Aristófanes: Las ranas

La literatura latina estuvo abierta a la influencia de la cultura griega. Sin embargo, la literatura latina formó rasgos propios, y su espíritu estuvo cargado de mayor pragmatismo. Además de los géneros ya conocidos, desarrollaron también la fábula, la sátira y el epigrama. Algunos ejemplos de sus autores y obras más importantes son:

  • Virgilio: La Eneida
  • Ovidio: Metamorfosis
  • Horacio Quinto Flaco: Odas
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Corrientes literarias

 



Se llaman corrientes literarias a las tendencias de la literatura que comparten rasgos de estilo, temas, estéticas e ideologías propios de determinados períodos de la historia. No necesariamente forman una escuela, sino que son expresión del espíritu de una época.

Hablar de corrientes literarias incluye también a los movimientos literarios y, muchas veces, los términos se usan indistintamente. Algunos autores reservan la expresión movimientos literarios para referir solo a los artistas organizados en torno a un manifiesto. Tales movimientos pueden coexistir con otros, pero no por ello dejan de constituir una corriente literaria.

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¡Qué molesto resulta el goteo de una llave a la hora de querer conciliar el sueño! O el “tic-tac” de un reloj o los pasos desvelados del vecino que vive en el piso de arriba. A una situación similar se enfrenta la señorita Julia, persona alegre, responsable y con una vida tranquila, sin sobresaltos, quien “aún conservaba una tez fresca y aquella tranquila y dulce mirada que le daba un aspecto de infinita bondad”. Unos ruidos extraños cuyo origen no puede descubrir, no la han dejado dormir desde hace un mes. Esto comienza a mermar en todos los ámbitos de su vida de una manera inimaginable.

Como es usual en la narrativa de Amparo Dávila, en esta historia a la que da lectura Margarita Castillo, el horror asalta de manera paulatina, inesperada y realista, pues al generarse en torno a sucesos totalmente cotidianos y posibles, con personajes aparentemente ordinarios y alejados de la fantasía, el lector puede experimentar una sensación de terrible cercanía. 




Leyenda de la flor de cempasúchil

 En el Día de Muertos la flor cempasúchil se convierte en un componente fundamental. Esta flor cuyo nombre proviene del náhualt “cempoalxochitl” y significa “flor de veinte pétalos” se ha convertido en todo un símbolo de la ofrenda de este día tan importante.

Se dice que el olor de los pétalos marca el camino que tienen que recorrer las almas de los difuntos hacia su ofrenda en el mundo de los vivos. Esta leyenda de temática amorosa trata de explicar cuál es el origen de esta flor tan especial.

Dice la leyenda que hace mucho tiempo existieron una niña llamada Xóchitl y un niño llamado Huitzilin.

Ambos crecieron juntos y pasaron mucho tiempo unidos durante la infancia, incluso, iniciaron una historia de amor durante la juventud. Un día, decidieron subir a lo alto de una colina, allí donde el sol deslumbraba con fuerza, pues sabían que allí moraba el Dios del Sol. Su intención era pedirle a Tonatiuh que les diera la bendición para poder seguir unidos. El Dios sol acepto y bendijo su amor.

Pronto, la tragedia llegó a ellos cuando Huitzilin fue enviado a participar en una batalla para defender a su pueblo y tuvo que separarse de Xóchitl.

Pasó un tiempo y Xóchitl se enteró de que su amado había fallecido en el conflicto. La muchacha sintió tanto dolor que le pidió a Tonatiuh unirse con su amado en la eternidad. El Dios del Sol, al ver a la joven tan apenada, decidió convertirla en una hermosa flor. Así que lanzó un rayo dorado sobre ella, entonces, creció en la tierra un botón que permaneció cerrado durante mucho tiempo.

Un día, apareció un colibrí atraído por el aroma de la flor y se posó sobre sus hojas. Fue entonces que la flor se abrió y mostró su color amarillo, como el mismo sol. La flor había reconocido a su amado Huitzilin, el cual ahora tenía forma de colibrí.

Cuenta la leyenda que mientras exista la flor de cempasúchil y haya colibríes, el amor de Xóchitl y Huitzilin vivirá por siempre.

fuente:culturacreativa.com 

Leyenda: El callejón del beso

 

En la ciudad de Guanajuato hay un misterioso callejón al que todos los visitantes del lugar quieren acudir.

Existe una leyenda en torno a este lugar, transmitida de generación en generación, que lo convierte en un sitio emblemático. Quienes acuden allí suelen ir acompañados de sus parejas para fotografiarse y besarse en el tercer escalón del callejón.

Con esta tradición, los enamorados pretenden asegurar su felicidad unos cuantos años. Es un lugar que, gracias a la leyenda, se ha convertido en todo un símbolo del amor.

Cuenta la leyenda que Carmen era una joven hermosa y cariñosa que vivía con su intransigente padre. Carlos era un apuesto galán humilde dedicado a cumplir con su trabajo.

Un día, por casualidad, Carmen y Carlos se conocieron y entre ellos surgió un lazo indestructible. Desde entonces, el joven se situaba bajo el balcón de la casa de Ana, quien le respondía siempre con una sonrisa. Así pasaron semanas hasta que, más tarde, iniciaron una conversación.

Pasó el tiempo y los jóvenes planeaban un futuro juntos. Cuando menos lo esperaban, el padre de la joven se enteró de sus encuentros. Entonces, amenazó a su hija con recluirse en un convento. A pesar de esto, Carmen y Carlos decidieron continuar con la relación en secreto.

Carlos alquiló una habitación situada frente a la casa de su amada, donde podría hablar con ella de balcón a balcón. Un día, el padre de la joven les pilló besándose desde el balcón y, lleno de furia, clavó una daga a su hija y le quitó la vida. Desde entonces se conoce este lugar como Callejón del Beso.


fuente: culturagenial.com 


La abeja haragana, autor Horacio Quiroga

 

Por Horacio Quiroga

Había una vez en una colmena una abeja que no quería trabajar, es decir, recorría los árboles uno por uno para tomar el jugo de las flores; pero en vez de conservarlo para convertirlo en miel, se lo tomaba del todo.

Era, pues, una abeja haragana. Todas las mañanas apenas el sol calentaba el aire, la abejita se asomaba a la puerta de la colmena, veía que hacía buen tiempo, se peinaba con las patas, como hacen las moscas, y echaba entonces a volar, muy contenta del lindo día. Zumbaba muerta de gusto de flor en flor, entraba en la colmena, volvía a salir, y así se lo pasaba todo el día mientras las otras abejas se mataban trabajando para llenar la colmena de miel, porque la miel es el alimento de las abejas recién nacidas.

Como las abejas son muy serias, comenzaron a disgustarse con el proceder de la hermana haragana. En la puerta de las colmenas hay siempre unas cuantas abejas que están de guardia para cuidar que no entren bichos en la colmena. Estas abejas suelen ser muy viejas, con gran experiencia de la vida y tienen el lomo pelado porque han perdido todos los pelos al rozar contra la puerta de la colmena.

Un día, pues, detuvieron a la abeja haragana cuando iba a entrar, diciéndole:

—Compañera: es necesario que trabajes, porque todas las abejas debemos trabajar.

La abejita contestó:

—Yo ando todo el día volando, y me canso mucho.

—No es cuestión de que te canses mucho —respondieron—, sino de que trabajes un poco. Es la primera advertencia que te hacemos.

Y diciendo así la dejaron pasar.

Pero la abeja haragana no se corregía. De modo que a la tarde siguiente las abejas que estaban de guardia le dijeron:

—Hay que trabajar, hermana.

Y ella respondió en seguida:

—¡Uno de estos días lo voy a hacer!

—No es cuestión de que lo hagas uno de estos días —le respondieron—, sino mañana mismo. Acuérdate de esto. Y la dejaron pasar.

Al anochecer siguiente se repitió la misma cosa. Antes de que le dijeran nada, la abejita exclamó:

—¡Si, sí, hermanas! ¡Ya me acuerdo de lo que he prometido!

—No es cuestión de que te acuerdes de lo prometido —le respondieron—, sino de que trabajes. Hoy es diecinueve de abril. Pues bien: trata de que mañana veinte, hayas traído una gota siquiera de miel. Y ahora, pasa.

Y diciendo esto, se apartaron para dejarla entrar.

Pero el veinte de abril pasó en vano como todos los demás. Con la diferencia de que al caer el sol el tiempo se descompuso y comenzó a soplar un viento frío.

La abejita haragana voló apresurada hacia su colmena, pensando en lo calentito que estaría allá adentro. Pero cuando quiso entrar, las abejas que estaban de guardia se lo impidieron.

—¡No se entra! —le dijeron fríamente.

—¡Yo quiero entrar! —clamó la abejita—. Esta es mi colmena.

—Esta es la colmena de unas pobres abejas trabajadoras le contestaron las otras—. No hay entrada para las haraganas.

—¡Mañana sin falta voy a trabajar! —insistió la abejita.

—No hay mañana para las que no trabajan— respondieron las abejas, que saben mucha filosofía.

Y diciendo esto la empujaron afuera.

La abejita, sin saber qué hacer, voló un rato aún; pero ya la noche caía y se veía apenas. Quiso cogerse de una hoja, y cayó al suelo. Tenía el cuerpo entumecido por el aire frío, y no podía volar más.

Arrastrándose entonces por el suelo, trepando y bajando de los palitos y piedritas, que le parecían montañas, llegó a la puerta de la colmena, a tiempo que comenzaban a caer frías gotas de lluvia.

—¡Ay, mi Dios! —clamó la desamparada—. Va a llover, y me voy a morir de frío. Y tentó entrar en la colmena.

Pero de nuevo le cerraron el paso.

—¡Perdón! —gimió la abeja—. ¡Déjenme entrar!

—Ya es tarde —le respondieron.

—¡Por favor, hermanas! ¡Tengo sueño!

—Es más tarde aún.

—¡Compañeras, por piedad! ¡Tengo frío!

—Imposible.

—¡Por última vez! ¡Me voy a morir! Entonces le dijeron:

—No, no morirás. Aprenderás en una sola noche lo que es el descanso ganado con el trabajo. Vete.

Y la echaron.

Entonces, temblando de frío, con las alas mojadas y tropezando, la abeja se arrastró, se arrastró hasta que de pronto rodó por un agujero; cayó rodando, mejor dicho, al fondo de una caverna.

Creyó que no iba a concluir nunca de bajar. Al fin llegó al fondo, y se halló bruscamente ante una víbora, una culebra verde de lomo color ladrillo, que la miraba enroscada y presta a lanzarse sobre ella.

En verdad, aquella caverna era el hueco de un árbol que habían trasplantado hacia tiempo, y que la culebra había elegido de guarida.

Las culebras comen abejas, que les gustan mucho. Por eso la abejita, al encontrarse ante su enemiga, murmuró cerrando los ojos:

—¡Adiós mi vida! Esta es la última hora que yo veo la luz.

Pero con gran sorpresa suya, la culebra no solamente no la devoró sino que le dijo: —¿qué tal, abejita? No has de ser muy trabajadora para estar aquí a estas horas.

—Es cierto —murmuró la abeja—. No trabajo, y yo tengo la culpa.

—Siendo así —agregó la culebra, burlona—, voy a quitar del mundo a un mal bicho como tú. Te voy a comer, abeja.

La abeja, temblando, exclamo entonces: —¡No es justo eso, no es justo! No es justo que usted me coma porque es más fuerte que yo. Los hombres saben lo que es justicia.

—¡Ah, ah! —exclamó la culebra, enroscándose ligero —. ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes son más justos, grandísima tonta?

—No, no es por eso que nos quitan la miel —respondió la abeja.

—¿Y por qué, entonces?

—Porque son más inteligentes.

Así dijo la abejita. Pero la culebra se echó a reír, exclamando:

—¡Bueno! Con justicia o sin ella, te voy a comer, apróntate.

Y se echó atrás, para lanzarse sobre la abeja. Pero ésta exclamó:

—Usted hace eso porque es menos inteligente que yo.

—¿Yo menos inteligente que tú, mocosa? —se rió la culebra.

—Así es —afirmó la abeja.

—Pues bien —dijo la culebra—, vamos a verlo. Vamos a hacer dos pruebas. La que haga la prueba más rara, ésa gana. Si gano yo, te como.

—¿Y si gano yo? —preguntó la abejita.

—Si ganas tú —repuso su enemiga—, tienes el derecho de pasar la noche aquí, hasta que sea de día. ¿Te conviene?

—Aceptado —contestó la abeja.

La culebra se echó a reír de nuevo, porque se le había ocurrido una cosa que jamás podría hacer una abeja. Y he aquí lo que hizo:

Salió un instante afuera, tan velozmente que la abeja no tuvo tiempo de nada. Y volvió trayendo una cápsula de semillas de eucalipto, de un eucalipto que estaba al lado de la colmena y que le daba sombra.

—Esto es lo que voy a hacer —dijo la culebra—. ¡Fíjate bien, atención!

Y arrollando vivamente la cola alrededor del trompito como un piolín la desenvolvió a toda velocidad, con tanta rapidez que el trompito quedó bailando y zumbando como un loco.

La culebra se reía, y con mucha razón, porque jamás una abeja ha hecho ni podrá hacer bailar a un trompito. Pero cuando el trompito, que se había quedado dormido zumbando, como les pasa a los trompos de naranjo, cayó por fin al suelo, la abeja dijo:

—Esa prueba es muy linda, y yo nunca podré hacer eso.

—Entonces, te como —exclamó la culebra.

—¡Un momento! Yo no puedo hacer eso: pero hago una cosa que nadie hace.

—¿Qué es eso?

—Desaparecer.

—¿Cómo? —exclamó la culebra, dando un salto de sorpresa—. ¿Desaparecer sin salir de aquí?

—Sin salir de aquí.

—¿Y sin esconderte en la tierra?

—Sin esconderme en la tierra.

—Pues bien, ¡hazlo! Y si no lo haces, te como en seguida — dijo la culebra.

El caso es que mientras el trompito bailaba, la abeja había tenido tiempo de examinar la caverna y había visto una plantita que crecía allí. Era un arbustillo, casi un yuyito, con grandes hojas del tamaño de una moneda de dos centavos.

La abeja se arrimó a la plantita, teniendo cuidado de no tocarla, y dijo así:

—Ahora me toca a mi, señora culebra. Me va a hacer el favor de darse vuelta, y contar hasta tres. Cuando diga “tres”, búsqueme por todas partes, ¡ya no estaré más!

Y así pasó, en efecto. La culebra dijo rápidamente:”uno…, dos…, tres”, y se volvió y abrió la boca cuan grande era, de sorpresa: allí no había nadie. Miró arriba, abajo, a todos lados, recorrió los rincones, la plantita, tanteó todo con la lengua. Inútil: la abeja había desaparecido.

La culebra comprendió entonces que si su prueba del trompito era muy buena, la prueba de la abeja era simplemente extraordinaria. ¿Qué se había hecho?, ¿dónde estaba?

No había modo de hallarla.

—¡Bueno! —exclamó por fin—. Me doy por vencida. ¿Dónde estás?

Una voz que apenas se oía —la voz de la abejita— salió del medio de la cueva.

—¿No me vas a hacer nada? —dijo la voz—. ¿Puedo contar con tu juramento?

—Sí —respondió la culebra—. Te lo juro. ¿Dónde estás?

—Aquí —respondió la abejita, apareciendo súbitamente de entre una hoja cerrada de la plantita.

¿Qué había pasado? Una cosa muy sencilla: la plantita en cuestión era una sensitiva, muy común también aquí en Buenos Aires, y que tiene la particularidad de que sus hojas se cierran al menor contacto. Solamente que esta aventura pasaba en Misiones, donde la vegetación es muy rica, y por lo tanto muy grandes las hojas de las sensitivas. De aquí que al contacto de la abeja, las hojas se cerraran, ocultando completamente al insecto.

La inteligencia de la culebra no había alcanzado nunca a darse cuenta de este fenómeno; pero la abeja lo había observado, y se aprovechaba de él para salvar su vida.

La culebra no dijo nada, pero quedó muy irritada con su derrota, tanto que la abeja pasó toda la noche recordando a su enemiga la promesa que había hecho de respetarla.

Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna, porque la tormenta se había desencadenado, y el agua entraba como un río adentro.

Hacía mucho frío, además, y adentro reinaba la oscuridad más completa. De cuando en cuando la culebra sentía impulsos de lanzarse sobre la abeja, y ésta creía entonces llegado el término de su vida.

Nunca, jamás, creyó la abejita que una noche podría ser tan fría, tan larga, tan horrible. Recordaba su vida anterior, durmiendo noche tras noche en la colmena, bien calentita, y lloraba entonces en silencio.

Cuando llegó el día, y salió el sol, porque el tiempo se había compuesto, la abejita voló y lloró otra vez en silencio ante la puerta de la colmena hecha por el esfuerzo de la familia. Las abejas de guardia la dejaron pasar sin decirle nada, porque comprendieron que la que volvía no era la paseandera haragana, sino una abeja que había hecho en sólo una noche un duro aprendizaje de la vida.

Así fue, en efecto. En adelante, ninguna como ella recogió tanto polen ni fabricó tanta miel. Y cuando el otoño llegó, y llegó también el término de sus días, tuvo aún tiempo de dar una última lección antes de morir a las jóvenes abejas que la rodeaban:

—No es nuestra inteligencia, sino nuestro trabajo quien nos hace tan fuertes. Yo usé una sola vez de mi inteligencia, y fue para salvar mi vida. No habría necesitado de ese esfuerzo, sí hubiera trabajado como todas. Me he cansado tanto volando de aquí para allá, como trabajando. Lo que me faltaba era la noción del deber, que adquirí aquella noche. Trabajen, compañeras, pensando que el fin a que tienden nuestros esfuerzos —la felicidad de todos— es muy superior a la fatiga de cada uno. A esto los hombres llaman ideal, y tienen razón. No hay otra filosofía en la vida de un hombre y de una abeja.

Fuente: elbuenlibrero. 


Leyenda de El Caleuche


Esta leyenda es originaria del Archipiélago de Chiloé (Chile). La inmensidad del mar siempre ha despertado curiosidad por los secretos que se esconden en el agua, de aquí surgen leyendas como esta que forman parte de la cultura popular del pueblo chileno.

Hay diferentes hipótesis sobre el surgimiento de esta leyenda, entre ellas, la posible relación con otra leyenda europea conocida como “El holandés errante”.

El Caleuche cuenta con varias versiones, todas ellas coinciden en que un barco aparece y desaparece entre la neblina a mitad de la noche. En cambio, varía la razón por la que lo hace: rescatar a los desfallecidos en el mar; encantar y aprisionar pescadores; transportar brujos durante sus fiestas; servir como barco de contrabando; como un buque fantasma con conciencia.

Cuenta la leyenda que un buque conocido por el nombre de Caleuche navega por las aguas de Chiloé, en el país de Chile.

Al mando del barco se encuentran brujos poderosos y por las noches ilumina las aguas.

El Caleuche solo aparece por las noches y en su interior se escucha música que atrae a náufragos o tripulantes de otras embarcaciones.

En cambio, si una persona que no es bruja lo mira se convierte en un madero flotante o se hace invisible. Sus tripulantes se convierten entonces en lobos marinos o aves acuáticas.

Los tripulantes del barco tienen ciertas particularidades, como una pierna para andar y son desmemoriados. Por eso, el secreto de esta embarcación siempre se mantiene a bordo.

Dice la leyenda que no hay que mirar al Caleuche porque, a los que lo hacen, reciben un castigo de los tripulantes, quienes les tuercen la boca o les giran la cabeza hacia la espalda. Quien mira el barco debe tratar que los tripulantes no se den cuenta.

Cuando el Caleuche navega cerca de la costa y se apodera de una persona, la lleva a las profundidades del mar y le descubre inmensos tesoros, con la condición de no contar lo que ha visto, si lo hace, su vida corre peligro.

Una de las buenas acciones del Caleuche es la de recoger a los náufragos que se encuentran en las profundidades del mar y los acoge para siempre.


fuente: culturagenial 

CUENTO: Es que somos muy pobres

Autor: Juan Rulfo

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río. 

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.

Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.

Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Ésa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.


Fuente: elbuenlibrero, marzo 2020.

El viento distante, Autor: José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco Berny (Ciudad de México, 30 de junio de 1939-Ib., 26 de enero de 2014)​ fue un destacado escritor mexicano que publicó poesía, crónica, novela, cuento, ensayo, crítica literaria y traducción.


La noche es densa. Sólo hay silencio en la feria ambulante. En un extremo de la barraca el hombre cubierto de sudor fuma, se mira al espejo, ve el humo al fondo del cristal. Se apaga la luz. El aire parece detenido. El hombre va hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira la tortuga que yace bajo el agua. Piensa en el tiempo que los separa y en los días que se llevó un viento distante.

Adriana y yo vagábamos por la aldea. En una plaza encontramos la feria. Subimos a la rueda de la fortuna, el látigo y las sillas voladoras. Abatí figuras de plomo, enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que predecía mi porvenir.

Hallamos en esa tarde de domingo un espacio que permitía la dicha; es decir, el momentáneo olvido del pasado y el futuro. Me negué a internarme en la casa de los espejos. Adriana vio a orillas de la feria un barraca aislada y miserable. Cuando nos acercamos el hombre que estaba a las puertas recitó:

—Pasen, señores. Conozcan a Madreselva, la infeliz nina que un castigo del cielo convirtió en tortuga por desobedecer a sus mayores y no asistir a misa los domingos. Vean a Madreselva. Escuchen en su boca la narración de su tragedia.
Entramos. En un acuario iluminado estaba Madreselva con su cara de niña y su cuerpo de tortuga. Adriana y yo sentimos vergüenza de estar allí y disfrutar la humillación del hombre y de una niña que con toda probabilidad era su hija. Terminado el relato, Madreselva nos miró a través del acuario con la expresión del animal que se desangra bajo los pies del cazador.

—Es horrible, es infame —dijo Adriana en cuanto salimos de la barraca.
—Cada uno se gana la vida como puede. Hay cosas mucho más infames. Mira, el hombre es un ventrílocuo. La niña se coloca de rodillas en la parte posterior del acuario. La ilusión óptica te hace creer que en realidad tiene cuerpo de tortuga. Es simple como todos los trucos. Si no me crees, te invito a conocer el verdadero juego.

Regresamos. Busqué una hendidura entre las tablas. Un minuto después Adriana me suplicó que la apartara. Al poco tiempo nos separamos. Después nos hemos visto algunas veces pero jamás hablamos del domingo en la feria.

Hay lágrimas en los ojos de la tortuga. El hombre la saca del acuario y la deja en el piso. La tortuga se quita la cabeza de niña. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan fuera del agua. El hombre se arrodilla, la toma en sus brazos, la atrae a su pecho, la besa y llora sobre el caparazón húmedo y duro. Nadie entendería que la quiere ni la infinita soledad que comparten. Durante unos minutos permanecen unidos en silencio. Después le pone la cabeza de plástico, la deposita otra vez sobre el limo, ahoga los sollozos, regresa a la puerta y vende otras entradas. Se ilumina el acuario. Ascienden las burbujas. La tortuga comienza su relato.

fuente: elbuenlibrero, diciembre 2020.


5 Relatos de terror - STEPHEN KING

Leyenda del sol y la luna

 Esta es una leyenda mexicana que trata de dar respuesta a cómo surgieron el sol y la luna, una pregunta que la humanidad se ha hecho desde tiempos remotos.

Esta historia, además, pone de manifiesto la importancia de la valentía como virtud más valiosa que la belleza o la riqueza. En este sentido, el conejo simboliza la abundancia, y sirve de recordatorio de la cobardía de Tecciztécatl.

Dice una antigua leyenda que, antes de que existiese el sol y la luna, en la tierra reinaba la oscuridad. Para crear a estos dos astros que hoy iluminan el planeta, los dioses se reunieron en Teotihuacán, ciudad situada en el cielo. Como un reflejo, se encontraba en la tierra la ciudad mexicana del mismo nombre.

En la ciudad, encendieron una hoguera sagrada y, sobre ella, debía saltar aquel poderoso que quisiera convertirse en sol. Al evento, se presentaron dos candidatos. El primero, Tecciztécatl, destacaba por ser grande, fuerte y, además, poseía grandes riquezas. El segundo, Nanahuatzin, era pobre y de aspecto desmejorado.

En el momento en que debían saltar la hoguera, Tecciztécatl no se atrevió a saltarla y salió corriendo; Nanhuatzin, lleno de valor, se arrojó a la hoguera. Al ver esto, los dioses decidieron convertirlo en sol.

Tecciztécatl, arrepentido y avergonzado, también saltó la hoguera. En ese momento, en el cielo apareció un segundo sol. Los dioses, tomaron la determinación de apagar a Tecciztécatl, ya que no podía haber dos soles, entonces se convirtió en luna. Como recuerdo de su cobardía, las deidades arrojaron un conejo a la luna. Desde entonces, puede verse este conejo reflejado durante los días de luna llena.


fuente: culturagenial.com 

Leyenda de la yerba mate

Esta leyenda de origen guaraní trata de dar una explicación al origen de una de las bebidas más consumidas en Argentina: el mate. De hecho, cuenta con una fecha señalada en el calendario, cada 30 de noviembre se celebra el Día Nacional del Mate. Esta es una historia que ha pasado de generación en generación.

Además de conocer el surgimiento del mate, esta historia es ideal para abordar el valor de la gratitud con los más pequeños, producto de ella surge una de las bebidas más preciadas.

Cuenta una antigua leyenda guaraní que, desde hace mucho tiempo, la Luna Yasí pasea desde siempre por los cielos nocturnos, observando curiosa los árboles, ríos y lagos. Yasí solo conocía la tierra desde el cielo aunque deseaba bajar y poder ver las maravillas de las que le hablaba Araí, su amiga la nube.

Un día Yasí y Araí se animaron a descender a la tierra transformadas en niñas de largos cabellos, dispuestas a descubrir las maravillas de la selva.

De pronto, entre los árboles, apareció un yaguareté que se acercaba para atacarlas. Pronto, un viejo cazador apuntó con una flecha al animal y este escapó veloz del lugar. Yasí y Araí, que estaban muy asustadas, volvieron rápido al cielo y no pudieron agradecer al señor.

Yasí decidió que esa misma noche le daría las gracias al anciano y, mientras este descansaba, le habló desde el cielo y le dijo: “Soy Yasí, la niña que hoy salvaste quiero agradecer tu valentía, por eso, voy a darte un regalo que encontrarás frente a tu casa: una nueva planta cuyas hojas tostadas y molidas darán como resultado una bebida que acercará los corazones y ahuyenta la soledad”.

Al día siguiente, el anciano descubrió la planta y elaboró la bebida tal y como le había indicado la luna. Así fue como nació el mate.


fuente: culturagenial.com 

Leyenda maya Sac Nicté

 

Esta antigua leyenda maya de temática amorosa se origina a partir de la factura de la legendaria alianza de los estados mayas de Uxmal, Chichén Itzá y Mayapán.

El poeta e historiador mexicano Antonio Mediz Bolio difundió esta leyenda en su libro La Tierra del Faisán y del Venado (1922) con el nombre Chichén-Itzá y la princesa Sac-Nicté.

Dice la leyenda qeu Sac-Nicté era una antigua princesa cuando Mayapán, Uxmal y Chichén Itzá conviven como las grandes urbes de la cultura maya. Era una época en la que sus reyes habían hecho un pacto de paz y no existían los ejércitos. Cuando Canek tuvo 3 veces 7 años se convirtió en rey de Chichén Itzá y vió por primera vez a la princesa Sac Nicté teniendo ella apenas 3 veces 5 años. Desde ese momento, ambos supieron que sus vidas estarían destinadas a estar juntos por la eternidad. En cambio, Sac-Nicté había sido destinada por su padre, rey de Mayapán, para ser esposa de Ulil, un sub heredero del reino de Uxmal.

Faltando solo 37 días para la boda, un mensajero de Mayapán citó al príncipe Canek para invitarlo a la boda, a lo que respondió que no faltaría. Esa misma noche un enano viejo visitó a Canek y le susurró: “la flor blanca te espera entre las hojas verdes”, ¿vas a dejar que otro la arranque? Justo después, el enano desapareció.

En Uxmal todo se preparaba para la boda, la ciudad entera había sido decorada para la gran ocasión. Justo cuando Sac-Nicté estaba a punto de contraer matrimonio, Canek apareció con sus guerreros y se llevó a la princesa frente a la mirada de todos, dejando al príncipe Ulil plantado.

Este hecho terminó con la paz y Uxmal y Mayapán se unieron en guerra en contra de Chichén Itzá. Antes de que la guerra estallara, los habitantes del Chichén Itzá partieron una noche con la luz de la luna para salvar su ciudad. Cuando llegaron los enemigos de Uxmal y Mayapán se encontraron la ciudad de Chichén Itzá vacía, la cual decidieron incendiar. Desde entonces la ciudad quedó abandonada hasta nuestros días.


fuente: Culturagenial.com