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21 de Marzo, Día Mundial de la Poesía

 

21MARZO

El Día Mundial de la Poesía, celebrado cada año el 21 de marzo, conmemora una de las formas más preciadas de la expresión e identidad y lingüística de la humanidad. La poesía, practicada a lo largo de la historia en todas las culturas y en todos los continentes, habla de nuestra humanidad común y de nuestros valores compartidos, transformando el poema más simple en un poderoso catalizador del diálogo y la paz.

La UNESCO adoptó por primera vez el 21 de marzo como Día Mundial de la Poesía durante su 30ª Conferencia General en París en 1999, con el objetivo de apoyar la diversidad lingüística a través de la expresión poética y fomentar la visibilización de aquellas lenguas que se encuentran en peligro.

El Día Mundial de la Poesía es una ocasión para honrar a los poetas, revivir tradiciones orales de recitales de poesía, promover la lectura, la escritura y la enseñanza de la poesía, fomentar la convergencia entre la poesía y otras artes como el teatro, la danza, la música y la pintura, y aumentar la visibilidad de poesía en los medios. A medida que la poesía continúa uniendo personas en todos los continentes, todos están invitados a unirse.

EL LADO ROMÁNTICO DE EDGAR ALLAN POE

 A Elena

Te vi una vez, una sola, años atrás;

no diré cuántos, aunque no fueron muchos.

Fue en julio, a medianoche; la luna llena,

elevándose como si fuera tu alma, se abría,

rauda, camino cielo arriba. De su halo,

una sedosa llovizna de luz plateada

caía tibia, soñolienta y quedamente

sobre los rostros vueltos de las mil rosas

de un jardín encantado que la brisa

sólo osaba visitar de puntillas;

caía sobres los rostros vueltos de esas rosas

que, a cambio de la amorosa luz, se desprendían,

en un éxtasis final, de sus almas fragantes;

caía sobre los rostros vueltos de las rosas

que, embelesadas por ti y por la poesía

de tu presencia, morían con una sonrisa.

Toda vestida de blanco, te vi reclinada a medias

sobre un lecho de violetas; la luna, en tanto,

bañaba los rostros vueltos de las rosas y el tuyo,

vuelto también —aunque, ay, con aflicción— hacia ella.

¿Acaso fue el destino (ese destino que a menudo

solemos llamar aflicción) quien, esa medianoche de julio,

me retuvo junto al portal del jardín para que oliera

el incienso que desprendían las rosas? No había eco

de pisada alguna: el mundo odiado dormía; todos

salvo tú y yo. (¡Oh cielos! ¡Oh Dios! Cómo sublevan,

al juntarse, esas dos palabras mi corazón.) Todos

salvo tú y yo. Me detuve… eché una mirada…

y de pronto todas las cosas se esfumaron

(aquél era un jardín encantado, ¿recuerdas?).

El resplandor perlado de la luna se disipó;

los bancos mohosos y los sinuosos senderos,

las flores alegres y los árboles vencidos

cesaron de existir; incluso el aroma de las rosas

sucumbió en brazos del aire adorable. Todo,

todo expiró menos tú, todo salvo tú:

salvo la luz divina de tus ojos,

salvo el alma de tus ojos elevados.

Sólo a ellos vi: para mí fueron el mundo.

Sólo a ellos vi, sólo a ellos durante horas.

Sólo a ellos mientras brilló la luna.

¡Qué historias lastimosas parecían destilar

esas celestiales y cristalinas esferas!

¡Qué oscura congoja! ¡Qué sublime esperanza!

¡Qué mar de orgullo silencioso y sereno!

¡Qué osada ambición! ¡Y qué profunda,

qué insondable capacidad para amar!

Pero al fin la noble Diana se retiró

hacia su lecho occidental de nubarrones;

y tú, un fantasma, te escabulliste también

por la arboleda sepulcral; Sólo tus ojos permanecieron.

No deseaban irse: aún no se han ido. Aquella noche

iluminaron mi solitario regreso a casa y desde entonces

(al contrario que mis esperanzas) no me abandonan.

Siempre me siguen, me han guiado a través del tiempo;

son mis ministros, yo soy su esclavo. Su cometido

es iluminar y dar tibieza; mi deber

es ser salvado, por su brillante luz,

purificado por su fuego electrizante,

santificado por su fuego elíseo.

Tus ojos llenan de belleza (que es esperanza) mi alma

y titilan, lejanos, en el firmamento. Son las estrellas

ante las que me hinco en las vigilias solitarias;

mas en la diáfana claridad del día también los veo:

¡son dos dulces luceros del alba que centellean

sin que el sol pueda extinguirlos!

Poema de Salvador Novo

 Breve romance de ausencia

Único amor, ya tan mío
que va sazonando el tiempo;
¡qué bien nos sabe la ausencia,
cuando nos estorba el cuerpo!

Mis manos te han olvidado,
pero mis ojos te vieron
y cuando es amargo el mundo
para mirarte los cierro.

No quiero encontrarte nunca,
que estás conmigo y no quiero
que despedace tu vida
lo que fabrica mi sueño.

Como un día me la diste
viva tu imagen poseo,
que a diario lavan mis ojos.

Otro se fue, que no tú,
amor que clama el silencio
si mis brazos y tu boca
con las palabra partieron.

Otro es éste, que no yo,
mudo, conforme y eterno
como este amor, ya tan mío
que irá conmigo muriendo.


En 1967, Salvador Novo recibió el Premio Nacional de Literatura, que venía a coronar su importantísima obra de creación literaria y su contribución teórica a los más varios aspectos de las letras mexicanas. Uno de sus últimos títulos, Historia y leyenda de Coyoacán (1971), es una valiosa muestra de su interés por la crónica y un complemento para su Breve historia de Coyoacán, que había publicado previamente, en 1962. Su versátil actividad le llevó a escribir numerosos guiones para el cine. La fértil existencia del poeta se extinguió en Ciudad de México el 14 de enero de 1974.