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Cuento: El asesino autor: Stephen King

 

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quién era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni qué había estado haciendo. No podía recordar nada.

La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.

Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.

Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.

–¿Quién Soy? –le dijo pausadamente, indeciso.

El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.

–¿Quién soy? ¿Quién soy? – gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.

Agitó el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.

Él recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.

Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. “¿Quién soy?” , le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.

Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.

Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer pulsó un botón rojo en la pared.

Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.

“¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!” – bramaron los altavoces.

Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.

Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.

La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.

Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.

Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!

Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revólver.

Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. “¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quién soy!”

Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro…

Les observaron cómo cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. “Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando”, dijo el guarda.

“No lo entiendo”, dijo el segundo, rascándose la cabeza. “Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era”.

Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien.”

Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.


Fuente: El Buen librero, mayo 2020.

Cuento: Luvina, Juan Rulfo


Uno de los mejores relatos de este gran autor mexicano.


De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.

…Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.

-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.

El hombre aquel que hablaba se quedó callado un rato, mirando hacia afuera.

Hasta ellos llegaba el sonido del río pasando sus crecidas aguas por las ramas de los camichines, el rumor del aire moviendo suavemente las hojas de los almendros, y los gritos de los niños jugando en el pequeño espacio iluminado por la luz que salía de la tienda.

Los comejenes entraban y rebotaban contra la lámpara de petróleo, cayendo al suelo con las alas chamuscadas. Y afuera seguía avanzando la noche.

-¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir el hombre. Después añadió:

-Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto…

Los gritos de los niños se acercaron hasta meterse dentro de la tienda. Eso hizo que el hombre se levantara, fuera hacia la puerta y les dijera: “¡Váyanse más lejos! ¡No interrumpan! Sigan jugando, pero sin armar alboroto.”

Luego, dirigiéndose otra vez a la mesa, se sentó y dijo:

-Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.

“…Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”

Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:

-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.

“…Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo… siempre.

”Pero tómese su cerveza. Veo que no le ha dado ni siquiera una probadita. Tómesela. O tal vez no le guste así tibia como está. Y es que aquí no hay de otra. Yo sé que así sabe mal; que agarra un sabor como a meados de burro. Aquí uno se acostumbra. A fe que allá ni siquiera esto se consigue. Cuando vaya a Luvina la extrañará. Allí no podrá probar sino un mezcal que ellos hacen con una yerba llamada hojasé, y que a los primeros tragos estará usted dando de volteretas como si lo chacamotearan. Mejor tómese su cerveza. Yo sé lo que le digo.”

Allá afuera seguía oyéndose el batallar del río. El rumor del aire. Los niños jugando. Parecía ser aún temprano, en la noche.

El hombre se había ido a asomar una vez más a la puerta y había vuelto. Ahora venía diciendo:

-Resulta fácil ver las cosas desde aquí, meramente traídas por el recuerdo, donde no tienen parecido ninguno. Pero a mí no me cuesta ningún trabajo seguir hablándole de lo que sé, tratándose de Luvina. Allá viví. Allá dejé la vida… Fui a ese lugar con mis ilusiones cabales y volví viejo y acabado. Y ahora usted va para allá… Está bien. Me parece recordar el principio. Me pongo en su lugar y pienso… Mire usted, cuando yo llegué por primera vez a Luvina… ¿Pero me permite antes que me tome su cerveza? Veo que usted no le hace caso. Y a mí me sirve de mucho. Me alivia. Siento como si me enjuagara la cabeza con aceite alcanforado… Bueno, le contaba que cuando llegué por primera vez a Luvina, el arriero que nos llevó no quiso dejar siquiera que descansaran las bestias. En cuanto nos puso en el suelo, se dio media vuelta:

“-Yo me vuelvo -nos dijo.

“Espera, ¿no vas a dejar sestear a tus animales? Están muy aporreados.

“-Aquí se fregarían más -nos dijo- mejor me vuelvo.

“Y se fue dejándose caer por la Cuesta de la Piedra Cruda, espoleando sus caballos como si se alejara de algún lugar endemoniado.

“Nosotros, mi mujer y mis tres hijos, nos quedamos allí, parados en la mitad de la plaza, con todos nuestros ajuares en nuestros brazos. En medio de aquel lugar en donde sólo se oía el viento…

“Una plaza sola, sin una sola yerba para detener el aire. Allí nos quedamos.

“Entonces yo le pregunté a mi mujer:

“-¿En qué país estamos, Agripina?

“Y ella se alzó de hombros.

“-Bueno, si no te importa, ve a buscar dónde comer y dónde pasar la noche. Aquí te aguardamos -le dije.

“Ella agarró al más pequeño de sus hijos y se fue. Pero no regresó.

“Al atardecer, cuando el sol alumbraba sólo las puntas de los cerros, fuimos a buscarla. Anduvimos por los callejones de Luvina, hasta que la encontramos metida en la iglesia: sentada mero en medio de aquella iglesia solitaria, con el niño dormido entre sus piernas.

“-¿Qué haces aquí Agripina?

“-Entré a rezar -nos dijo.

“-¿Para qué? -le pregunté yo.

“Y ella se alzó de hombros.

“Allí no había a quién rezarle. Era un jacalón vacío, sin puertas, nada más con unos socavones abiertos y un techo resquebrajado por donde se colaba el aire como un cedazo.

“-¿Dónde está la fonda?

“-No hay ninguna fonda.

“-¿Y el mesón?

“-No hay ningún mesón

“-¿Viste a alguien? ¿Vive alguien aquí? -le pregunté.

“-Sí, allí enfrente… unas mujeres… Las sigo viendo. Mira, allí tras las rendijas de esa puerta veo brillar los ojos que nos miran… Han estado asomándose para acá… Míralas. Veo las bolas brillantes de su ojos… Pero no tienen qué darnos de comer. Me dijeron sin sacar la cabeza que en este pueblo no había de comer… Entonces entré aquí a rezar, a pedirle a Dios por nosotros.

“-¿Porqué no regresaste allí? Te estuvimos esperando.

“-Entré aquí a rezar. No he terminado todavía.

“-¿Qué país éste, Agripina?

“ Y ella volvió a alzarse de hombros.

“Aquella noche nos acomodamos para dormir en un rincón de la iglesia, detrás del altar desmantelado. Hasta allí llegaba el viento, aunque un poco menos fuerte. Lo estuvimos oyendo pasar encima de nosotros, con sus largos aullidos; lo estuvimos oyendo entrar y salir de los huecos socavones de las puertas; golpeando con sus manos de aire las cruces del viacrucis: unas cruces grandes y duras hechas con palo de mezquite que colgaban de las paredes a todo lo largo de la iglesia, amarradas con alambres que rechinaban a cada sacudida del viento como si fuera un rechinar de dientes.

“Los niños lloraban porque no los dejaba dormir el miedo. Y mi mujer, tratando de retenerlos a todos entre sus brazos. Abrazando su manojo de hijos. Y yo allí, sin saber qué hacer.

“Poco después del amanecer se calmó el viento. Después regresó. Pero hubo un momento en esa madrugada en que todo se quedó tranquilo, como si el cielo se hubiera juntado con la tierra, aplastando los ruidos con su peso… Se oía la respiración de los niños ya descansada. Oía el resuello de mi mujer ahí a mi lado:

“-¿Qué es? -me dijo.

“-¿Qué es qué? -le pregunté.

“-Eso, el ruido ese.

“-Es el silencio. Duérmete. Descansa, aunque sea un poquito, que ya va a amanecer.

“Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si la parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas. Entonces caminé de puntitas hacia allá, sintiendo delante de mí aquel murmullo sordo. Me detuve en la puerta y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.

“-¿Qué quieren? -les pregunté- ¿Qué buscan a estas horas?

“ Una de ellas respondió:

“-Vamos por agua.

“Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego, como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros.

“ No, no se me olvidará jamás esa primera noche que pasé en Luvina.

“…¿No cree que esto se merece otro trago? Aunque sea nomás para que se me quite el mal sabor del recuerdo.”

-Me parece que usted me preguntó cuántos años estuve en Luvina, ¿verdad…? La verdad es que no lo sé. Perdí la noción del tiempo desde que las fiebres me lo enrevesaron; pero debió haber sido una eternidad… Y es que allá el tiempo es muy largo. Nadie lleva la cuenta de las horas ni a nadie le preocupa cómo van amontonándose los años. Los días comienzan y se acaban. Luego viene la noche. Solamente el día y la noche hasta el día de la muerte, que para ellos es una esperanza.

“Usted ha de pensar que le estoy dando vueltas a una misma idea. Y así es, sí señor… Estar sentado en el umbral de la puerta, mirando la salida y la puesta del sol, subiendo y bajando la cabeza, hasta que acaban aflojándose los resortes y entonces todo se queda quieto, sin tiempo, como si viviera siempre en la eternidad. Esto hacen allí los viejos.

“Porque en Luvina sólo viven los puros viejos y los que todavía no han nacido, como quien dice… Y mujeres sin fuerzas, casi trabadas de tan flacas. Los niños que han nacido allí se han ido… Apenas les clarea el alba y ya son hombres. Como quien dice, pegan el brinco del pecho de la madre al azadón y desaparecen de Luvina. Así es allí la cosa.

“Sólo quedan los puros viejos y las mujeres solas, o con un marido que anda donde sólo Dios sabe dónde… Vienen de vez en cuando como las tormentas de que les hablaba; se oye un murmullo en todo el pueblo cuando regresan y un como gruñido cuando se van… Dejan el costal de bastimento para los viejos y plantan otro hijo en el vientre de sus mujeres, y ya nadie vuelve a saber de ellos hasta el año siguiente, y a veces nunca… Es la costumbre. Allí le dicen la ley, pero es lo mismo. Los hijos se pasan la vida trabajando para los padres como ellos trabajaron para los suyos y como quién sabe cuántos atrás de ellos cumplieron con su ley…

“Mientras tanto, los viejos aguardan por ellos y por el día de la muerte, sentados en sus puertas, con los brazos caídos, movidos sólo por esa gracia que es la gratitud del hijo… Solos, en aquella soledad de Luvina.

“Un día traté de convencerlos de que se fueran a otro lugar, donde la tierra fuera buena. ‘¡Vámonos de aquí! -les dije-. No faltará modo de acomodarnos en alguna parte. El Gobierno nos ayudará.’

“Ellos me oyeron, sin parpadear, mirándome desde el fondo de sus ojos, de los que sólo se asomaba una lucecita allá muy adentro.

“-¿Dices que el Gobierno nos ayudará, profesor? ¿Tú no conoces al Gobierno?

“Les dije que sí.

“-También nosotros lo conocemos. Da esa casualidad. De lo que no sabemos nada es de la madre de Gobierno.

“Yo les dije que era la Patria. Ellos movieron la cabeza diciendo que no. Y se rieron. Fue la única vez que he visto reír a la gente de Luvina. Pelaron los dientes molenques y me dijeron que no, que el Gobierno no tenía madre.

“Y tienen razón, ¿sabe usted? El señor ese sólo se acuerda de ellos cuando alguno de los muchachos ha hecho alguna fechoría acá abajo. Entonces manda por él hasta Luvina y se lo matan. De ahí en más no saben si existe.

“-Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad -me dijeron-. Pero si nosotros nos vamos, ¿quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.

“Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya. Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas, casi arrastrados por el viento.

“-¿No oyen ese viento? -les acabé por decir-. Él acabará con ustedes.

“-Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios -me contestaron-. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede, el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.

“Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.

“…Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina.’

En esa época tenía yo mis fuerzas. Estaba cargado de ideas… Usted sabe que a todos nosotros nos infunden ideas. Y uno va con esa plata encima para plasmarla en todas partes. Pero en Luvina no cuajó eso. Hice el experimento y se deshizo…

“San Juan Luvina. Me sonaba a nombre de cielo aquel nombre. Pero aquello es el purgatorio. Un lugar moribundo donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio; pues en cuanto uno se acostumbra al vendaval que allí sopla, no se oye sino el silencio que hay en todas las soledades. Y eso acaba con uno. Míreme a mí. Conmigo acabó. Usted que va para allá comprenderá pronto lo que le digo..

“¿Qué opina usted si le pedimos a este señor que nos matice unos mezcalitos? Con la cerveza se levanta uno a cada rato y eso interrumpe mucho la plática. ¡Oye , Camilo, mándanos ahora unos mezcales!

“Pues sí, como le estaba yo diciendo…”

Pero no dijo nada. Se quedó mirando un punto fijo sobre la mesa donde los comejenes ya sin sus alas rondaban como gusanitos desnudos.

Afuera seguía oyéndose cómo avanzaba la noche. El chapoteo del río contra los troncos de los camichines. El griterío ya muy lejano de los niños. Por el pequeño cielo de la puerta se asomaban las estrellas.

El hombre que miraba a los comejenes se recostó sobre la mesa y se quedó dormido.

Publicado originalmente en El llano en llamas (1953)

El buen librero, octubre 2020.

10 CONSEJOS DE JULIO CORTÁZAR PARA ESCRIBIR UN CUENTO

 

Julio Cortázar, además de ser uno de los autores latinoamericanos más influyentes de los últimos tiempos, fue también catedrático y entre las muchas cosas que dejó como legado están presentes diez consejos para escribir cuentos. Aquí te los dejamos.

1.  No hay leyes para escribir un cuento, solo puntos de vista

“Nadie puede pretender que los cuentos solo deban escribirse luego de conocer sus leyes… no hay tales leyes; a lo sumo cabe hablar de puntos de vista, de ciertas constantes que dan una estructura a ese género tan poco encasillable”.

2. El cuento siempre tiene una unidad de impresión de una historia

El cuento es “…una síntesis viviente a la vez que una vida sintetizada, algo así como un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en una permanencia”… “Mientras en el cine, como en la novela, la captación de esa realidad más amplia y multiforme se logra mediante el desarrollo de elementos parciales, acumulativos, que no excluyen, por supuesto, una síntesis que dé el “clímax” de la obra, en una fotografía o en un cuento de gran calidad se procede inversamente, es decir que el fotógrafo o el cuentista se ven precisados a escoger y limitar una imagen o un acaecimiento que sea significativo”.

3. A diferencia de las novelas el cuento debe ser contundente

“Es cierto, en la medida en que la novela acumula progresivamente sus efectos en el lector, mientras que un buen cuento es incisivo, mordiente, sin cuartel desde las primeras frases. No se entienda esto demasiado literalmente, porque el buen cuentista es un boxeador muy astuto, y muchos de sus golpes iniciales pueden parecer poco eficaces cuando, en realidad, están minando ya las resistencias más sólidas del adversario. Tomen ustedes cualquier gran cuento que prefieran, y analicen su primera página. Me sorprendería que encontraran elementos gratuitos, meramente decorativos”.

4. En un cuento solo existen los buenos y malos tratamientos

“…en literatura no hay temas buenos ni temas malos, solamente hay un buen o un mal tratamiento del tema”. “Tampoco es malo porque los personajes carecen de interés, ya que hasta una piedra es interesante cuando de ella se ocupan un Henry James o un Franz Kafka”… “Un mismo tema puede ser profundamente significativo para un escritor, y anodino para otro; un mismo tema despertará enormes resonancias en un lector y dejará indiferente a otro. En suma, puede decirse que no hay temas absolutamente significativos o absolutamente insignificantes. Lo que hay es una alianza misteriosa y compleja entre cierto escritor y cierto tema en un momento dado, así como la misma alianza podrá darse luego entre ciertos cuentos y ciertos lectores”.

5. En un buen cuento se deben de saber manejar tres aspectos: significación, intensidad y tensión

“…el cuentista trabaja con un material que calificamos de significativo… El elemento significativo del cuento parecería residir principalmente en su tema, en el hecho de escoger un acaecimiento real o fingido que posea esa misteriosa propiedad de irradiar algo más allá de sí mismo… al punto que un vulgar episodio doméstico… se convierta en el resumen implacable de una cierta condición humana, o en el símbolo quemante de un orden social o histórico… los cuentos de Katherine Mansfield, de Chéjov, son significativos, algo estalla en ellos mientras los leemos y nos proponen una especie de ruptura de lo cotidiano que va mucho más allá de la anécdota reseñada”… “La idea de significación no puede tener sentido si no la relacionamos con las de intensidad y de tensión, que ya no se refieren solamente al tema sino al tratamiento literario de ese tema, a la técnica empleada para desarrollar el tema. Y es aquí donde, bruscamente, se produce el deslinde entre el buen y el mal cuentista”.

6. El cuento es un mundo propio

Señala Horacio Quiroga en su decálogo: “Cuenta como si el relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida en el cuento”.

7. El cuento debe tener vida

“…cuando escribo un cuento busco instintivamente que sea de alguna manera ajeno a mí en tanto demiurgo, que eche a vivir con una vida independiente, y que el lector tenga o pueda tener la sensación de que en cierto modo está leyendo algo que ha nacido por sí mismo, en sí mismo y hasta de sí mismo, en todo caso con la mediación pero jamás la presencia manifiesta del demiurgo”.

8. El narrador no debe dejar a los personajes al margen de la narración

“Siempre me han irritado los relatos donde los personajes tienen que quedarse como al margen mientras el narrador explica por su cuenta (aunque esa cuenta sea la mera explicación y no suponga interferencia demiúrgica) detalles o pasos de una situación a otra”. “La narración en primera persona constituye la más fácil y quizá mejor solución del problema, porque narración y acción son ahí una y la misma cosa… en mis relatos en tercera persona, he procurado casi siempre no salirme de una narración strictu senso, sin esas tomas de distancia que equivalen a un juicio sobre lo que está pasando. Me parece una vanidad querer intervenir en un cuento con algo más que con el cuento en sí”.

9. Lo fantástico de un cuento solo se logra con la alteración de lo normal

“El génesis del cuento y del poema es sin embargo el mismo, nace de un repentino extrañamiento, de un desplazarse que altera el régimen “normal” de la conciencia”… “Solo la alteración momentánea dentro de la regularidad delata lo fantástico, pero es necesario que lo excepcional pase a ser también la regla sin desplazar las estructuras ordinarias entre las cuales se ha insertado…  la peor literatura de este género es sin embargo la que opta por el procedimiento inverso, es decir el desplazamiento de lo temporal ordinario por una especie de “full-time” de lo fantástico, invadiendo la casi totalidad del escenario con gran despliegue de cotillón sobrenatural”.

10. El oficio del escritor es imprescindible para escribir buenos cuentos

“…para volver a crear en el lector esa conmoción que lo llevó a él a escribir el cuento, es necesario un oficio de escritor, y que ese oficio consiste, entre muchas otras cosas, en lograr ese clima propio de todo gran cuento, que obliga a seguir leyendo, que atrapa la atención, que aísla al lector de todo lo que lo rodea para después, terminado el cuento, volver a conectarlo con sus circunstancias de una manera nueva, enriquecida, más honda o más hermosa. Y la única forma en que puede conseguirse este secuestro momentáneo del lector es mediante un estilo basado en la intensidad y en la tensión, un estilo en el que los elementos formales y expresivos se ajusten, sin la menor concesión… tanto la intensidad de la acción como la tensión interna del relato son el producto de lo que antes llamé el oficio de escritor”.


El buen librero, noviembre 2020.

EPISODIO DEL ENEMIGO, cuento.

 

Episodio del enemigo, un cuento de Jorge Luis Borges

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con un bastón, con un torpe bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero solo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.

Me incliné sobre él para que me oyera.

—Uno cree que los años pasan para uno —le dije— pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.

Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.

Me dijo entonces con voz firme:

—Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Le tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.

Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y solo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:

—En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es aquel niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.

—Precisamente porque ya no soy aquel niño —me replicó— tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.

—Puedo hacer una cosa —le contesté.

—¿Cuál? —me preguntó.

—Despertarme.

Y así lo hice.

zenda, enero 2021.

Cuento contemporáneo, LA MUDA BOCA, Francisco Hinojosa

 La muda boca



Creía que la Sorbona no era para mí ("Te menosprecias", me atacó Lucila, que en ese entonces era mi novia: colombiana, veterinaria). Tanto me insistieron mis padres ("Ni siquiera hablo francés", les dije) y tanto se empeñó mi tío Simón al proponerse como tutor ("Podrías gastar tu dinero en otras cosas", le aseguré), que no tuve alternativa: viajé a París, me inscribí en la carrera de Letras Clásicas y me puse a cursar las materias indicadas por los planes de estudio.

En realidad yo quería ser político: ganar posiciones poco a poco, como debe ser, llegar a un cargo directivo de prestigio, al menos. Ser ministro, incluso. Presidente de mi partido.

No sabía qué tenía que ver la literatura clásica en esas mis honradas aspiraciones ("Al andar se hace camino", me indicó mi madre). No sabía tampoco por qué esos estudios en París, y no en Paraguay o Croacia, por ejemplo, tendrían más sentido para mi futuro como político ("La Sorbona es la Sorbona", me explicó mi padre, abogado de profesión, historiador por gusto, educado en Oxford).

El primer invierno fue muy difícil ("Abrígate lo más que puedas", me aconsejaba mi nueva novia francesa: comunicóloga, en realidad italiana). Y por más que me arropaba no lograba concentrarme en las clases: tenía frío a toda hora y extrañaba mi tierra o quizás mi clima. Un maestro se empeñaba en hablar en latín durante los cincuenta minutos que duraba su cátedra.

Por su parte, el francés tampoco lo entendía aún del todo ("Ve la televisión todos los días", me aleccionó un compañero de nombre Lev, ruso, "así aprendí yo. Aunque mi pronunciación no es muy buena, me hago entender, y además ya soy un conocedor de cine").

Pasaron los meses, aprendí francés y griego, y el latín dejó de dificultárseme. Le encontré gusto a Ovidio, a Séneca y a La Rochefoucauld.

Hasta que un día decidí abandonar la carrera ("Debes pensarlo dos veces antes de determinar tu rumbo futuro", me escribió mi madre. "No ha sido una decisión tomada a la ligera", le respondí tres días después. "Tu tío sentirá tristeza", me dijo mi padre por teléfono. "No es algo personal", le contesté).

Mi tío Simón siguió enviándome dinero para subsistir ("De cualquier manera te hará bien París", me escribió en una carta).

Tenía alquilado un pequeño departamento y todos los días caminaba sin rumbo fijo para que me hiciera bien París y se justificara así el gasto de mi tío. Fui a todos los museos para enterarme de qué trataban. Leí, extra-cátedra, muchos libros sobre la historia de Francia (la Revolución, la Bastilla, el 68). Aprecié a Monet, a Manet y a Rembrandt (que no era francés). Comí escargots a sabiendas de que eran caracoles.

Un día entré en relación con Carol: gringa, traductora, rubia, alta, perfumada. Cenamos couscous (con pollo ella, con carnero yo) en cantidades exageradas ("Así es el couscous", me explicó en inglés de Búfalo) y nos fuimos a su piso. Tenía baño privado con tina privada. Era un poco más pequeño que el mío ("Si necesitas algo más holgado", me escribió un día mi tío Simón, "debes decírmelo. Quiero lo mejor para ti"). Ella también adoraba al Hesíodo de Los trabajos y los días. Le canté canciones mexicanas y tomamos vino blanco, que le gustaba especialmente ("A mí, un tinto", decía mi padre en sus mejores épocas, cuando podía elegir sin necesitar del aparato).

Viajé con Carol a Oslo, La Haya, Bruselas y Copenhague. En Ámsterdam alquilamos bicicletas. En Colonia nos perdimos. Y comencé a fumar marihuana ("En Europa, cuídate de las drogas", me había dicho mi abuela al partir). El viaje fue muy instructivo: aprendí mucho acerca de las diferentes monedas, de las lenguas, de las comidas y de la caridad ("En la calle te van a pedir. No des dinero a lo loco", me sugirió mi tío-tutor). Probé el salmón, dormí con Carol y una amiga suya de nombre Linda, di una conferencia sobre Esopo y la cultura maya en Brujas, y canté canciones cubanas y puertorriqueñas. La gente me dio dinero. Me aficioné a la cerveza oscura y al arenque.

Al regresar a París me encontré con la noticia: habían muerto mamá y mi sobrino Luciano. Ambos se estrellaron en un vuelo hacia Bangladesh ("Espero que no te sientas triste por lo que voy a contarte", empezó así la carta de mi padre). Pero sí me llené de tristeza. A mi madre la tenía en alto: su amor, sus recomendaciones, su cocina, el piano, la homeopatía, el jerez. Luciano jugaba tenis y quería ser actor. La muerte de ambos me hizo llorar un día completo.

Una semana después me enteré de que Carol se había enamorado de un joven francés. Yo no la amaba ni la quería ni la toleraba mucho. Era una mujer demasiado ascéptica y demasiado típica. Según mi manera de ver.

No fue difícil aceptar la ruptura. Tampoco sencilla, pues estaba acostumbrado a sus maneras: nos bañábamos juntos: hablábamos sobre Hesíodo y Sexto Propercio: a veces nos encariñábamos ("Encaríñate sólo cuando estés seguro de que debes hacerlo", me decía mi finada madre). El francés se llamaba Zazie. Lo conoció en el metro. Creo que en la estación Denfert Rochereau. Le gustaba leer a Balzac y todo eso. Prefería beber tequila japonés.

Al día siguiente se apareció la rata. Era una rata común. No se sentía incómoda al verme sorprendido con su presencia: creo que yo tenía más miedo de ella que ella de mí. Se decidió por habitar abajo del único sillón del departamento.

Volví a inscribirme en la Sorbona ("Me llena de alegría tu decisión", me escribió mi tío. "Estaba seguro de que volverías a tus estudios"). Mis nuevos compañeros discutían mucho acerca de los emperadores romanos, leían todos los libros de la bibliografía básica y traducían obras de Plauto, Tácito y Apuleyo. Jan (minusválido, polaco) se decidió por Quinto Horacio Flaco. Me dijo "Ego mira poemata pango". Sin embargo nadie consideraba que sus escritos fueran poemas, y mucho menos admirables.

Luego, mi maestra de Introducción a Virgilio me besó en la boca. Era un miércoles. Yo estaba en la barra de un café de la calle Vaugirard. Tomaba una cerveza o un café. Ella llegó y me preguntó algo acerca del funcionamiento de los pararrayos: le dije lo poco que sabía: entonces puso sus labios sobre los míos ("A las mujeres", me dijo un día mi padre, "les encanta besarlo a uno"). Fue fabuloso. Pierre, Jan e Isaak habían confesado que querían besarla. Iris, una compañera inglesa, me dijo que también deseaba sus labios. Y sí, eran unos labios especiales. Como muy carnosos o lascivos.

Convivimos durante algunas semanas, en mi departamento y en el suyo. Lo que más hacíamos era besarnos en la boca. Hasta que ya no se pudo más con la ascesis y me dijo: "volvamos a La Eneida, dejemos estas prácticas y ya..., esto no nos conduce a nada..., para qué continuar algo que habrá de frenarse..., sé que no debo precipitarme..." Luego preguntó: "¿qué tiene que ver el que yo sea francesa?"

Dos meses después me llamó por teléfono mi tío Simón ("No todo es miel sobre hojuelas...", me dijo). Le pedí que no me repitiera frases hechas, que si para algo me estaba educando era para no caer en la vulgaridad ("¿Te parezco vulgar?", se incomodó conmigo. "Sí, tío, tú no fuiste educado en la Sorbona." "En fin", continuó, "las cosas han cambiado, querido sobrino..."). Le pedí que no me dijera querido, que no eran necesarias las formalidades. ("Ha habido carestía en la casa y, en resumidas cuentas, ya no podré enviarte el dinero que...") Dejé de escucharlo y colgué el teléfono porque volvió a soltarme un lugar común: "las vacas están flacas".

¡Las vacas están flacas!

Ya para entonces hablaba un francés bastante aceptable, sabía cómo comer por unos cuantos francos y tenía a mi maestra de Introducción a Virgilio cortante pero convencible y atenta. Le dije que me iría a vivir con ella. Aceptó ("Te lleva más de diez años", me escribió mi padre. "¿Te importa en realidad su edad?", le respondí. Y luego lo ataqué de frente: "¿Eres acaso tú el de la relación? ¿Alguna vez te reclamé que mi madre no fuera de tu misma raza?").

Titania, la rata, había tenido ya a sus hijitos. Eran unas larvas rosadas que se pegaban a sus tetas y lanzaban unos chillidos apenas perceptibles. Con una esponja le di agua a la madre, y luego leche, para que su lactancia fuera más feliz. Creo que lo agradeció, sin más.

En cambio, la maestra de Introducción a Virgilio no me aceptó con la rata y sus crios ("¿Estás loco?", me provocó. "¿Crees que tu linda cara te da derecho a traerme ese animal? Esto es Francia. Esto no es como alguno de esos países").

Me di cuenta en ese momento de dos cosas que en realidad ya sabía: que ciertamente yo era un oriundo de uno de "esos países" y que tenía una "Linda cara". Esto segundo lo había intuido algunas veces con Marie, Marguerite, Ofelia y Enadina ("Te vas a llevar muy bien con Ofelia", me dijo Lucila, mi exnovia: colombiana, veterinaria). Las cuatro habían exaltado mi cara, las cuatro quisieron tener relaciones conmigo y amarme por mi cara. Carol y la maestra de Introducción a Virgilio se interpusieron en esos entonces. Las seis sabían que yo era de alguno de "esos países" y que tenía buen rostro.

Acudí a Enadina (catalana, trilingüe, Naf-Naf): era una estudiante bastante más independiente que la mayoría. Le faltaban cinco o seis kilos, quizás ocho, usaba gafas ornamentales ("Cuídate de las ciegas", me dijo una vez mi fallecida madre) y hablaba de los escritores de moda. Le gustaba ir al tabac de la plaza de la Sorbona a discutir conmigo sobre literatura contemporánea y luego, al ver que no tenía interés en sus rollos, me decía que yo tenía una linda cara. Lo de la rata no le importó.

Me mudé a su piso un domingo: mi linda cara hizo lo principal. Luego barrí, cociné y me enfrenté al vecino que ponía su despertador a las cinco de la mañana. Ella se la vivía en la biblioteca y en las aulas, mientras yo me dedicaba a traducir un texto fácil de Cicerón ("Las Disputas Tusculanas son mis preferidas", me dijo un día la Güera: esposa de mi tío Simón, guanajuatense).

Las ratitas empezaban a independizarse de las tetas de Titania y necesitaban comida. Les di queso y leche. Luego les empecé a cocinar pasta con jamón. Enadina no las atendía: tampoco se fijaba en ellas. Sólo le gustaba estar conmigo, discutir y comer pasta o moules, o las dos cosas, o simplemente queso o pescado, o a veces comida tailandesa, vietnamita o peruana, según su capricho, o papas fritas y carne. Con dos tequilas enloquecía; con una botella de rojo se ponía a hablar de Diderot, y con un calvados meditaba: Enadina era una mujer altamente propia ("Si de verdad te gusta", me dijo mi padre al teléfono, "no la sueltes. ¡Si mi nieto ha de ser francés, que lo sea!").

Conseguí un trabajo gracias a una recomendación de William Murdoch (irlandés, barman, estudiante de Fenomenología). Todos los días tenía que ir a Montreuil para cocinar platillos diversos en una brasserie de nombre Le Coq de Bruyére. El dueño del lugar me preguntaba a cada rato ora acerca de Catulo y Longo, ora acerca de Platón y Homero. Le decía lo poco que había aprendido en la Sorbona. Él me lo agradecía con algunos francos de más y con el aprecio de su señora, doña Sylvie, que francamente me adoraba.

No había cobrado el dinero del primer mes cuando me entraron las ganas de regresar con mi gente ("La situación ya no está tan difícil", me dijo mi tío Simón. "Si el problema es económico, no regreses. Nunca dejaré de apoyarte").

Liquidé mi relación con Enadina. Ella se molestó conmigo: "¿Por qué me cortas de manera tan abrupta? No soy un objeto". De cualquier manera lo hice. Ella misma se ofreció a cuidar a la rata y sus hijitos.

El viaje en avión fue espantoso. Hubo una demora en París y otra en Londres. En Miami fui asaltado por un cubano, llamado Hectico, que no dejó de preguntarme acerca de mi vida privada. Tuve que invitarle una cerveza y platicarle acerca de la muerte de mamá y de mi sobrino Luciano en su infortunado viaje a Bangladesh. Él me habló de literatura norteamericana, de béisbol y de su tía Cary. Prometió buscarme en México o en París para continuar la plática.

Al llegar, sentí que había dejado de ser yo. Sentí incluso que nunca lo había sido. Se me antojó renunciar a todo y dedicarme a platicar con desconocidos en los aeropuertos. Como Hectico.

La Güera me esperaba: ella también creía que yo tenía una linda cara. Me esperaba con ansia. Nos besamos en una tienda de curiosidades turísticas mientras mi tío Simón orinaba. Me dijo que mi padre tenía problemas con la vesícula: que por eso no había ido a recibirme: le confesé que ya lo intuía.

Mis amigos de siempre me hicieron una gran fiesta. Cené con Lucila (mi exnovia colombiana, veterinaria, especializada ya en equinos de raza pura): era una chica sencilla y con la cadera un poco baja. Le canté canciones dominicanas y le conté todo acerca de Titania y sus críos. Estaba fascinada: me dijo que podríamos casarnos y que estaba dispuesta a vivir conmigo y con los roedores en París para que yo continuara mis estudios. Le hablé de Enadina y de mi maestra de Introducción a Virgilio. Me preguntó mucho acerca de mis rutinas y de mis actos sexuales con mis amantes. Le dije cualquier cosa. Ella me platicó acerca de sus ex novios (tres: Paco, Lalito Díaz y el señor Mendoza, dueño de una estética para perros).

En fin: nos casamos.

Mi tío Simón estaba muy envejecido ("No debiste regresar", me dijo. "Si la cosa no está como la requieres, olvídate, confía en mí, regresa a París, regresa a tus estudios o a tus amoríos. Yo te seguiré pagando todo. Las vacas ya no...". "Ahora, ya somos dos", lo asalté, y le dije todo acerca de mi reciente matrimonio).

Regresé con Lucila a París. Para entonces, ya no notaba que su cadera estaba un poco baja. En cambio, descubrí que tenía una agradable manera de hacer el amor ("Cuídate del sexo en Europa", me aconsejaba mi abuela. Supongo que quería decirme que me cuidara de las europeas. Lucila era colombiana).

Con dificultades, Enadina me regresó a la rata y a sus ratitas (se había encariñado con ellas) y me instalé con mi nueva esposa en Montparnasse. Le mostré París, la inscribí en la Sorbona (Semiótica y Lingüística) y a la semana nos fuimos a comer a un restaurante Tex-Mex ("La mejor comida es la que te gusta", solía decirme mi madre cuando le pedía que me preparara entomatadas. "Las cocinas híbridas", me decía la Güera, "no son ni una cosa ni la otra. Tampoco las dos: son una tercera cocina. A veces buena, a veces mala. El tipo de couscous que a ti te gusta, por ejemplo, ni es francés ni es marroquí ni es nada. Eso es todo").

A mi graduación (defendí un trabajo de mi autoría sobre Sexto Propercio) asistieron mi padre, Lucila, Carol, mi abuela, mi tío Simón y su esposa la Güera, mi maestra de Introducción a Virgilio, Jan y algunos otros compañeros de carrera. Celebramos en un restaurante sin aspecto. Al día siguiente me presté como guía por París para mis familiares: desde los lugares turísticos hasta el departamento que compartía con Lucila, Titania y sus ratitas. Mi tío me regaló un reloj, mi padre un encendedor de oro y mi abuela dos paquetes de harina para hacer tortillas. Compraron llaveritos de la Torre Eiffel y postales de Notre-Dame. Se llevaron agua del Sena en un frasquito. Fue difícil su estancia. Agotadora. Se fueron de París un 5 de abril (por la tarde).

Para descansar de ellos tomé unas pequeñas vacaciones, solo, en un pequeño pueblo de los Alpes franceses. Dos días fueron suficientes para recobrar las energías perdidas.

Al regresar, en un acto de locura, golpee a Lucila. Empezó por decirme que la visita de mi familia la había dejado extenuada ("La familia es la familia", me decía mi padre). Despreció el reloj y el encendedor ("Un regalo es un gesto", me aleccionaba mi occisa madre). Según dijo Lucila: mi abuela no era lo que yo pensaba de ella, sino una anciana obsesiva e incoherente, senil ("Cuando creas que soy una vieja inútil y obsesiva, dame una pistola", me dijo un día mi abuela). No pude más. Le arrojé a la cara un vaso de vino y luego la tundí. Era débil. Murió ("Un hombre tundido es un hombre con vida", me dijo mi padre ante un atropellado: "Un hombre muerto no sabe mirar").

He de confesar que estaba consciente de lo que había hecho. (En eso me llamó Carol para decirme que la cena en el restaurante sin aspecto le había parecido estupenda, que mi familia era adorable y que estaba segura de que yo iba a ser el especialista en Sexto Propercio que Francia necesitaba.)

Al colgar, descubrí que Titania roía un muslo de Lucila. No tuve la mente clara como para impedírselo: recuerdo que estuve un largo rato mirando la escena. Me dormí a los pies de la cama ("Cuida tu espalda", me decía mi madre muerta, "cuando no puedas dormir en la cama, hazlo en el suelo: te va a reconfortar").

A la mañana siguiente me desperté aliviado de los dolores de espalda. Ya no estaba el cadáver de Lucila. Busqué primero. Luego dudé de mí: una pesadilla, quizás; muy vívida, ciertamente. Sentí alivio. Esperanza. Recordé las desastrosas empresas de Puck y Oberón en el Sueño de Shakespeare. Verano, además.

Titania y sus ratitas desayunaron todo lo que les di: hígados de pollo y leche. Yo me cociné un huevo y traté de hacerme una tortilla ("Primero pon a freír la papa con mucho ajo y sal", me enseñaba mi abuela. "Cuando ya esté bien cocida, échale los huevos batidos").

Entonces llamó Lucila: estaba en el tabac de la Sorbona y quería que yo la alcanzara "para hablar de la situación, de nosotros, del futuro, de las ratas".

No estaba seguro de la impresión que me causaría verla viva. Fui. Me dijo que ya no pensaba lo mismo de mi familia, que la comprendiera ("La falta de costumbre", dijo), que la ayudara a hacer un trabajo sobre Barthes y otro sobre Chomsky, y que la invitara a comer comida japonesa: brochetas, sushis, vino blanco, café, calvados ("Un digestivo", me explicó un día la Güera en un hotel, "te puede ahorrar muchos estropicios estomacales").

Traté de ponerme en contacto con Roland (Barthes): había salido de viaje. Quedó impresionada ("¿De dónde lo conoces?", me preguntó. "De la Sorbona"). A Noam (Chomsky) no lo conocía.

A partir de ese día vivimos un romance maravilloso: hubo mucho sexo, amor y comida, hablamos de Barthes, de Titania y las ratitas, fuimos a los museos, platicamos largas horas sobre semiología, veterinaria comparada, Propercio, Joyce y Roald Dahl, fumamos hashish y consumimos ergotamina. Por decir algo. Nos acostamos con otra pareja (un noruego y una guatemalteca), leimos en voz alta a Nerval, robamos comida y encontramos en la basura muchas cosas útiles. Por decir algo más.

Le escribí a mi tío Simón: "Ya no necesito de tu apoyo: he de vérmelas por mí mismo" ("Si ése es tu deseo, querido sobrino", me respondió dos meses después, "tienes ya la edad de decidir por ti mismo". "Eres un hijo de la chingada", le respondí ese día, "y por favor no vuelvas a decirme querido").

Llamó Hectico: estaba en el aeropuerto y quería que fuera a buscarlo. Durante el largo recorrido que hicimos en metro, continuó la plática sobre su tía Cary y me habló de comida y dinosaurios. A cambio, le conté sobre la dulce Titania y sus ratitas, y luego sobre Lucila. Llevaba cuatro maletas y un portafolios.

Ese día dormimos los tres en nuestro piso de Montparnasse. Cenamos pasta con almejas, queso y cerveza. Fuimos al cine: una película rural (australiana o polaca).

A la mañana siguiente, Hectico nos platicó su sueño: vivíamos los tres en una pequeña casa de campo y nos dedicábamos a cultivar lechugas y árboles frutales. A Lucila le encantó la idea. Me dio tanta emoción verla tan entusiasmada que le llamé a mi tío Simón para pedirle dinero ("No sé cuánto pueda juntar, querido sobrino"). Acepté que me dijera querido sólo por amor a Lucila.

En lo que llegaba el dinero de mi tío, Hectico se dedicó a hacer negocios con su portafolios "para incrementar el capital".

Las ratas se reprodujeron entre ellas, de tal manera que hubo tres natalicios múltiples en una semana.

Al fin, casi medio año después, nos fuimos al Sur, cerca de la frontera con España, compramos una pequeña casa de campo y nos pusimos a cultivar lechuga, jitomate y cebolla. También adquirimos cabras, cochinos y una vaca ("Acuérdate del rancho: tú ordeñabas a las vacas", me decía mi finada madre cuando me obligaba a tomar leche bronca). Lucila se encargaba de vacunar a los animales, de aparearlos y de escribir sus memorias. Hectico seguía "incrementando el capital" gracias a su portafolios. Y yo me dedicaba a la hortaliza y sus frutos.

A los cuatro meses de vivir allí, Lucila dio a luz a las mellizas ("Las niñas dan menos problemas que los varones", me decía mi padre cuando me pegaba con el cinturón. "¿Cómo sabes?", le preguntaba mientras chillaba. "Dicen", respondía). No sabíamos si eran mis hijas o de Hectico. De broma decíamos que una era suya y la otra mía.

Al bautizo acudieron mi padre, mi abuela, mi tío Simón, la Güera y Enadina. Ausentes: mi maestra de Introducción a Virgilio, que había muerto, Jan, que vivía en su país, y Lev, que estaba en una clínica antidrogas.

La Güera intentó manipularme: me abstraje. Mi tío Simón se dio cuenta de nuestros besuquees en la cocina: se abstrajo. Mi padre tuvo una embolia, lo condujimos al sanatorio y al fin no falleció.

Por su parte, mi abuela compró veneno para expulsar a Titania, sus hijos y sus nietos de la casa: Lucila, Hectico y yo nos opusimos con palabras convincentes. Adujo la rabia. Le mentimos: Titania y su descendencia habían recibido vacuna ("No huyas, cobarde", me gritaba mi abuela con la jeringa en la mano cada que ella me inyectaba.)

Se fueron quince días después. Lo celebramos con anís ("No vuelvas a beber anís en mi presencia", me dijo mi finada madre el día que me rompió el brazo; yo tenía trece años), y con una sopa de verduras cultivadas en nuestra hortaliza. Al terminar, Hectico dijo que tenía que ir al aeropuerto.

Nunca regresó.

Lucila, las mellizas, Titania y su gran familia, Valmont —nuestro perro— y yo hicimos un hogar sólido ("Sólo el hogar te dará seguridad", me dijo mi padre el día que golpeó al hermano de mi madre en una cantina; le extirpó un ojo).

Fui a comprar vino, leche, aceitunas, queso y pan ("La combinación del queso y el vino te va a caer bien", me dijo mi tío Simón la primera vez que me violó).

Las mellizas disfrutaron la tarde, especialmente porque un grupo de teatro del pueblo representó una comedia bastante pueril. De hadas. Muy vistosa ("La gente de teatro es vulgar", me dijo mi abuela, que había sido actriz y prostituta, cuando representé el papel de lobo en una obra de teatro escolar).

Al día siguiente me llamaron de la Sorbona para que impartiera un curso. Me negué ("No digas no si no sabes", me decía mi tío Simón por las tardes. "No te niegues porque sí", me dijo la Güera la primera vez que me sedujo. "No te opongas a lo que habrá de suceder", me instruyó mi padre la noche que me circuncidó con su navaja suiza. "No caigas en la negación fácil", me dijo mi finada madre el día en que me pidió que rezara con ella. "No digas que no si no sabes qué", me aleccionó mi abuela antes de meterme una vez la hipodérmica en el lugar equivocado). "No rechaces la oferta", me exigió Lucila, "necesitamos dinero".

La cátedra sobre Sexto Propercio que di en la Sorbona tuvo un éxito irrefutable. El primer día tuve dos alumnos. Al mes siguiente había catorce. "Quizás sea usted un genio", me dijo el rector de la Sorbona en su oficina. ("Eres un genio", me alentaba mi tío Simón cuando yo tenía once años. "Vas a ser un genio", confiaba en mí mi finada.)

Un derrame frustró mi futuro como sabio. Quedé muy disminuido, apático, fuera de ritmo, parcialmente paralizado. Perdí el habla y el olfato. La dieta que el doctor me impuso excluía casi todo.

Durante el primer año de mi convalecencia, la anciana Titania, sus hijos y sus nietos me hicieron compañía por las mañanas. Las mellizas, por las tardes. Y Lucila, por las noches. Luego llegó, sin aviso, mi tío Simón. A vivir con nosotros. Se había separado de la Güera y quería una vida tranquila.

Encontró el veneno que le habíamos quitado a mi abuela cuando quiso deshacerse de las ratas. Llenó una cuchara sopera y me abrió la muda boca.